Homilía Ordenación y toma posesión - Diócesis de Alajuela

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Homilía Ordenación y toma posesión

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Homilía de S.E.R
Mons. Ángel SanCasimiro Fernández, OAR
Administrador Apostólico de Alajuela
en la Ordenación Episcopal de Mons. Bartolomé Buigues Oller, TC
 
Hermanos y Hermanas:
 
Envueltos todavía por el ambiente de Pentecostés, nos hemos reunido esta mañana en esta hermosa Catedral de Alajuela, para celebrar nuestra fe en Cristo Resucitado, quien vela con solicitud por su rebaño y que con amor nos lleva hasta las fuentes vivas de su gracia (Salmo 23).
 
Esta celebración tan festiva nos vincula al acontecimiento pascual y al momento del envío misionero, que celebrábamos hace dos semanas en la Solemnidad de la Ascensión, mediante el cual Cristo ha querido perpetuar en la historia el ministerio de la redención y de la comunión, especialmente con el anuncio gozoso de su Palabra.
 
Según la Tradición de la Iglesia, la ordenación episcopal es un momento muy privilegiado porque manifiesta la unidad de la Iglesia, no solo por la presencia de nosotros los obispos, sino también por el testimonio de cada uno de ustedes sacerdotes, diáconos, consagrados, seminaristas, laicos de las diferentes parroquias, movimientos apostólicos y comunidades cristianas.
 
Hemos venido con el corazón henchido de alegría para ser testigos de cómo Dios consagra la persona de Monseñor Bartolomé para que sea en esta querida comunidad diocesana de Alajuela “Vicario del gran Pastor de las ovejas” (Hebreos 13,20), anunciando la alegría del Evangelio a todas las gentes y guiando pastoralmente la Iglesia hasta llegar a formar en ella una verdadera comunidad misionera, donde cada discípulo del Señor viva la experiencia del encuentro con Jesucristo vivo, madure su vocación cristiana, descubra la riqueza y la gracia de ser misionero y anuncie la Palabra con alegría (DA,167).
 
Especialmente hoy, cuando la Iglesia, levantando la mirada y contemplando a Cristo su Señor, se da cuenta que el anuncio del Evangelio se muestra mucho más complejo que en el pasado, pero la tarea confiada a ella, permanece idéntica a aquella de sus comienzos. Esta nueva situación que ha creado una condición inesperada para los creyentes, requiere una particular atención para el anuncio del Evangelio, para dar razón de nuestra fe en un contexto que, respecto al pasado, presenta muchos rasgos de novedad y criticidad y una impostergable renovación eclesial.
 
A propósito de este llamado a la renovación eclesial, traigo a la memoria de ustedes el número 27 de la E.G. en el que el Papa nos dice: “Sueño con una opción misionera capaz de transformar todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda la estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto preservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los Agentes Pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad.”
 
La humanidad en general, y nuestra Costa Rica de igual modo, se enfrentan a nuevas formas de entender la vida, la familia, el matrimonio, la misma fe, la relación con Dios, la comunicación interpersonal e institucional. Anidando muchas veces en el corazón la tristeza, el desconcierto y sobretodo el sinsentido de la vida.
 
En este contexto, el Señor, mediante el ministerio episcopal, desea propiciar “una nueva alegría en la fe y una fecundidad evangelizadora (EG 11)” haciendo de esta comunidad diocesana Alajuelense una Iglesia en salida (EG 20). Que sea capaz de anunciar la Buena Nueva a los pobres, de curar a los de corazón quebrantado, de proclamar el perdón a los cautivos, de consolar a los afligidos. “La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. Es determinante para toda la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia” (MV, 12 Rostro de la Misericordia).
 
En este sentido, el Obispo debe ser el primero en ser consciente de ello. Nuevamente citando la EG#36 nos dice el Papa Francisco “En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado”. La tarea principal del Obispo es la predicación de la Palabra de Dios. Así lo verán en uno de los signos de la Liturgia de la Ordenación. Durante la oración de Ordenación se abren sobre la cabeza del ordenando los Evangelios. El Evangelio debe penetrar en él, la Palabra viviente de Dios, debe, por así decirlo, impregnarle. El Evangelio, en el fondo, no es solo palabra, Cristo mismo es el Evangelio. Con la Palabra, la misma vida de Cristo debe impregnar a Monseñor Bartolomé, para que llegue a ser enteramente uno solo con Él, que Cristo viva en él y dé forma y contenido a su vida, como llegó a decirlo el apóstol San Pablo: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi” (Gál 2,20). De esta forma debe realizarse en él lo que en las lecturas de la liturgia de hoy aparece como la esencia del ministerio sacerdotal de Cristo: ser un verdadero Pastor.
 
El consagrado debe ser colmado del Espíritu de Dios y vivir a partir de Él. Debe llevar el anuncio a los pobres, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, a volver la dignidad a cuantos han sido privados de ella… (MV, 16)
 
Nuestra vocación no es la de ser guardianes de un cúmulo de derrotados, sino custodios del gozo del Evangelio y, por lo tanto, no podemos privarles de la única riqueza que verdaderamente tenemos que dar y que el mundo no puede darse a sí mismo: la alegría del amor de Dios.
 
Permítanme dedicar una reflexión final a la figura del Buen Pastor, clave fundamental en el ejercicio de nuestra misión episcopal y congruente con el lema de ordenación que adoptó Monseñor Bartolomé: “Doy la vida por mis ovejas”.
 
Ante todo, Bartolomé recuerda siempre, aunque sé lo tienes bien asumido, que nuestro ministerio no es un privilegio u honor. Es esencialmente un servicio acuñado en el mandamiento de Jesús: “El más grande entre ustedes se vuelva como el más pequeño, quien gobierna como el que sirve” (Mc 10, 43-44). ¡Qué bonita frase, qué fácil decirlo!, ¡pero qué difícil tarea! Somos humanos y abiertos como tales a las tentaciones humanas; por eso es que el Obispo necesita, no sólo ser un hombre de profunda intimidad con el Señor, sino también ser asistido por ustedes, querido pueblo de Dios, por ello, no se olviden nunca de rogar por él y por todos nosotros.
 
Se nos ha transmitido en la Liturgia de la Palabra, las actitudes del Buen Pastor. Las hemos escuchado y meditado muchas veces, por ello no me parece necesario recordarlas. Pero sí Bartolomé, quiero animarte, animarme y animarnos todos queridos hermanos Obispos, a seguir sobretodo en estos tiempos el ejemplo del Buen Pastor Jesús, que conoce a sus ovejas, es conocido por ellas y no dudó en dar su vida. ¿Dónde radica el secreto de dar su vida? En su Amor por nosotros.
 
Por tanto, querido Bartolomé te invito a que ames con amor de verdadero padre y hermano a todos a quienes Dios te confía. Ama, sobre todo a tus Presbíteros, tus colaboradores más cercanos. Nunca hagas esperar mucho tiempo una audiencia a un Presbítero, respóndele enseguida, está cerca siempre de ellos, aunque a veces te duela. Me da gusto entregarte un muy buen presbiterio donde efectivamente vas a encontrar aspectos que mejorar, pero sobreabunda en él las actitudes positivas de todo buen pastor.

Sigue amando, como es el carisma de tu congregación a los pobres e indefensos quienes tienen necesidad de mayor acogida y ayuda.
 
Sé siempre ese pastor según el Corazón de Cristo. Me pregunto ¿Qué querrá decir Pastor según el corazón de Cristo? Las lecturas que hemos proclamado responden mejor que yo a esa pregunta: significa seguir sus huellas. Él es el Pastor Supremo y sus ministros estamos unidos a Él, participando de su autoridad y sus actitudes. Necesitamos ser apacentados por el único Buen Pastor, y nuestra misión consiste en apacentar unidos a Él. “Apaciéntame Señor y apacienta Tú conmigo”.
 
Recuerda con mi padre San Agustín que hoy recibes el Amoris officium el Oficio del Amor resumido en el diálogo entre Jesús y Pedro junto al Lago de Tiberiades. “¿Simón hijo de Juan me amas? Después de la triple respuesta de Pedro “Señor Tú sabes que te quiero” escucha de Jesús el “apacienta mis ovejas”. Subraya San Agustín: “Apaciéntalas como mías, no como tuyas”. El oficio del Pastor supone el amor profundo de Pedro a Jesús a pesar de sus tres negaciones. Por ello nuestro Sí a Jesús debe ser consiente de nuestra fragilidad, pero apoyados en el Señor podemos responder también: “Señor Tú conoces todo, Tú sabes que te quiero”.
 
En una ocasión alguien le preguntó al Papa Francisco ¿quién es el Papa? ¿Cuál es su curriculum? Y ésta fue la respuesta: “Soy un pecador de quien el Señor ha tenido misericordia”. Así somos todos nosotros.
 
Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, pueblo querido de mi amada Diócesis de Alajuela, oremos mucho por nuestro querido Obispo Bartolomé; renovemos nuestro compromiso de fidelidad y corresponsabilidad para decirle al Señor en la persona de Monseñor Bartolomé aquí estoy para seguir construyendo tu Reino en nuestra querida Diócesis.
 
He querido dejar mis últimas palabras para la persona más importante después de Dios en la vida de Monseñor: Su madre aquí presente y quien hoy al igual que tú se habrá acordado mucho de su esposo, tu padre Bartolomé, que de Dios goce.
 
Gracias doña María, gracias por habernos dado a la Iglesia lo más preciado que Dios le dio a usted: su hijo. ¡Gracias! que Dios la bendiga mucho, y en nombre de toda esta Diócesis le digo: bienvenida a Alajuela. A partir de hoy ésta es también su casa. Los costarricenses tenemos una forma muy concreta de ser agradecidos con las personas que nos regalan algo muy importante. Por eso, reciba de esta querida Diócesis como agradecimiento de haber entregado a su hijo al servicio del Señor un fuerte y caluroso aplauso.

Que Dios te proteja mucho, querido Bartolomé.
 
+Mons. Ángel SanCasimiro Fernández OAR
 
 
 
 
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