Mensaje de Pascua 2020 - Diócesis de Alajuela

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Mensaje de Pascua 2020

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ODA350/2020
Alajuela, 12 de abril del 2020
Pascua de Resurrección


  
Al pueblo de Dios en la Diócesis de Alajuela
  
Se solidarizó con nosotros hasta ofrecerse en la Cruz
 
 
Un saludo fraterno de Paz y Bien.
Vive Cristo, esperanza nuestra. Todo lo que Él toca… se hace nuevo, se llena de vida… ¡Él vive y te quiere vivo!  Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado... Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza. (Christus Vivit 1-2)
Con estas palabras del Papa Francisco a los jóvenes quiero comenzar la presente comunicación.
Llegamos, hermanos, al culmen de la expresión misericordiosa y solidaria de Dios con nosotros que es la Pascua, el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Y lo hacemos en un contexto muy especial, la pandemia por el covid –19. El Señor nos habló de manera extraordinaria, hace más de 2000 años, en esta opción de Cristo para con nosotros, y nos sigue hablando ahora, en medio de todo lo que vivimos.
En la carta a los Filipenses 2,6-11 se nos dice: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre sobre todo nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble y toda lengua proclame Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre.”
Así es nuestro Dios, no puede quedarse tranquilo en el cielo viéndonos sufrir, viéndonos en la muerte y sin posibilidad de levantarnos…  Él, que nos creó por Amor, nos expresa, si cabe, un Amor más grande en este misterio de la Redención, pagando por nosotros las condiciones de la muerte, para recuperarnos con vida y darnos su misma Vida en plenitud.
Nuestro Dios, en su misericordia, se hace cercano, solidario con nuestra realidad, se encarna en ella hasta el punto de compartirla. El Padre envía a Cristo que, sin hacer alarde de su categoría divina, se despoja de su rango y toma nuestra misma condición humana. Sin duda porque su Amor es tan grande que vence todas las distancias, renuncia a todos los títulos, rangos y comodidades, se desvive por aquellos que ama. Porque sabe que la única forma de vencer la muerte que nos atenazaba era compartiéndola para vencerla con el Amor, con la ofrenda amorosa de Cristo. Y así lo certificó el Padre al levantar a Cristo de la muerte y hacerlo Señor nuestro, de toda la creación, de la casa común. Así se glorifica nuestro Dios, en abrir para nosotros, en Cristo, un camino de Vida y de Esperanza.
Ese es el camino que lleva a la vida, la misericordia, la cercanía, la encarnación, en definitiva, la solidaridad como expresión clara. La solidaridad es la medida del amor. Solo cuando alguien se acerca y comparte nuestro sentir sabemos que nos ama realmente. La solidaridad nos lleva a renuncias, a vencernos, a soltar seguridades, tantas cosas que nos atan y que nos impiden hacernos cercanos. La solidaridad debe llevarnos a aceptar reorientar nuestra vida en función de los demás, como Dios lo ha hecho con nosotros.
El Señor nos llama en esta Pascua, en este momento concreto en que vivimos, a hacernos solidarios como Él. También hoy nos abruma el miedo ante la enfermedad, el alejamiento social, la carencia originada por la pérdida de nuestro trabajo o la reducción del sueldo, la incertidumbre ante el mañana y las noticias de muertes en todo momento… ¿Cómo vivir en este escenario la solidaridad?
Preocupándonos por nuestra salud corporal, pero también mental y emocional. Cristo se hizo hombre como nosotros. Valoremos nuestra condición corporal, cuidemos nuestra salud según las orientaciones que nos dan ahora los organismos gubernamentales. Evitar al máximo la posibilidad de contagio es una de las formas de hacernos solidarios. También evitando pensamientos y sentimientos negativos, estimándonos y valorándonos, comunicándonos lo que nos ayuda a levantar el ánimo, infundiéndonos alegría y esperanza…
Es cierto que tenemos que aceptar el confinamiento físico quedándonos en casa, pero no puede suponer nunca esto el aislamiento social. La falta de relación nos enferma quizá más que el mismo coronavirus. Relaciones cálidas y motivadoras con nuestra familia, experimentemos ahora especialmente la belleza de la familia y del hogar. Relaciones con aquellos con los que desarrollamos nuestra actividad, si todavía salimos a trabajar, con los que nos encontramos por la calle, aun sin saludos efusivos…  Relaciones con nuestros amigos por los medios digitales, que tantas posibilidades nos ofrecen… todo esto nos oxigena, nos hace sentir personas, levanta nuestro ánimo y nos dispone a levantar el ánimo de los demás. Que todos perciban en nosotros esa actitud de hacernos solidarios y que aceptemos la solidaridad de los demás.
Una expresión muy necesaria siempre, especialmente ahora y en los meses próximos, es la solidaridad para cubrir las necesidades básicas que tenemos como personas, y en nuestras familias, para levantar el aparato productivo del país. Si ya teníamos antes un 20% de pobreza y un 12 % de desempleo, ¿cuánto aumentarán estas cifras a partir de ahora? Es cierto que el Gobierno, como máximo responsable, está implementado medidas para atenuar esta grave situación económica, pero ¿será auténtica esa solidaridad cuando no afecta a la concentración de riqueza en el país ni a la gran desigualdad que vivimos? ¿Solidaridad de los mismos de siempre sin afectar a las grandes instancias del capital que evaden la responsabilidad de colaborar con impuestos justos? ¡Qué sería de los pobres si no hubiera instituciones como la Caja de Seguro Social y otras que garantizan la atención de salud a todos! Nadie está exento de responder solidariamente y ninguna excusa es aceptable para resistirnos a compartir.


Tenemos que hacerlo todos para originar un círculo de generosidad que revierta tanta inequidad. Expresar nuestra solidaridad con las personas y familias que tenemos más cercanas. Uniéndonos en pequeñas asociaciones para resistir juntos estos tiempos fuertes, salvaguardar las pequeñas empresas que puedan ofrecer trabajo. Sosteniendo proyectos sociales ahora que son más necesarios, colaborando con organismos e instituciones que se dediquen a responder a las necesidades de los más pobres, en nuestra Iglesia tenemos a la Pastoral Social Cáritas…  Apoyar la agricultura orientada a la soberanía y seguridad alimentaria y las redes de comercio e intercambio justo, nacionales y locales. Porque la crisis no es sólo sanitaria, sino del modelo de sociedad actual, pedimos la actuación decidida de los organismos gubernamentales, la solidaridad de las instituciones financieras nacionales y mundiales, de los grandes empresarios en este momento, además de sostener la actividad económica, para redirigirla en sentido de una economía solidaria que esté al servicio de las personas, como pide el Papa Francisco.
La fe es el fundamento de nuestra vida. Cuando todo se tambalea, la fe, la experiencia del Amor de nuestro Dios y de su Solidaridad con nosotros es lo que puede sostenernos. Reavivemos nuestra fe, experimentemos que, en medio de la tempestad que vivimos, Cristo está con nosotros en la barca y tiene el poder de calmarla. Profundicemos en el sentido comunitario de la fe. Hacia Dios vamos juntos o no vamos. Llevemos a Cristo a los demás como el mejor regalo que podemos hacerles, empeñémonos en evangelizar, con los medios que tenemos a mano en cada momento. Que nuestra iglesia sea un exponente claro de solidaridad para el mundo.
En la carta a los Romanos 8,28 leemos: “Todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que Él ha llamado según sus planes”.  Este tiempo, vivido en medio de la pandemia, nos ofrecen muchas e inéditas oportunidades. La más importante será el adquirir un conciencia personal, comunitaria, social, de la necesidad de ser solidarios para salir a adelante. La visión tacaña, calculadora, egoísta, el retener para cuidarnos, nos hunde a todos. Es tiempo de sentir empatía, soltar, dar, de toda la generosidad de la que seamos capaces. La insolidaridad nos retiene en la muerte, la solidaridad hace fluir la vida, como nos revela la actuación de Cristo.
Que la Vida abundante que viene de la Resurrección de Cristo, por el Espíritu, nos alcance a todos y nos configure progresivamente en personas, instituciones, países, solidarios, porque el Reino de Dios ha despuntado ya con Cristo y busca hacer de nuestro mundo una gran familia conformada por la Solidaridad de nuestro Dios. Nuestra Madre María, que desde el Pilar se hizo solidaria con la iglesia naciente, interceda por nosotros.  

Fraternalmente:

Mons. Bartolomé Buigues Oller, TC
Obispo Diocesano
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