Mensaje de Pentecostés 2020 - Diócesis de Alajuela

Costa Rica
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Mensaje de Pentecostés 2020

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Al pueblo de Dios en la Diócesis de Alajuela
 
REVIVIDOS Y REANIMADOS EN COMUNIÓN, POR EL ESPÍRITU SANTO
 
 
Un saludo fraterno de Paz y Bien.
 
La culminación del tiempo pascual en la solemnidad de Pentecostés, es un acontecimiento central para los creyentes, para nuestra Iglesia católica, para nuestro mundo, escenario de la acción del Espíritu, aún en aquellos lugares donde no lo reconocen como tal. Acontecimiento central en la celebración del Centenario de nuestra amada Diócesis de Alajuela, puesto que el Espíritu es fuente de comunión y artífice de unidad del pueblo de Dios que aquí peregrinamos. Todavía en medio de la pandemia, reviste un talante especial este acontecimiento, es fuente de consuelo y esperanza.
 
Lucas (2,1-11) describe la venida del Espíritu Santo en Pentecostés como un viento fuerte, como lenguas de fuego, porque su acción se deja sentir. Genera comunión, porque une las distintas lenguas, los distintos pueblos que, en Babel, habían quedado confundidos por el orgullo. Fortalece a los apóstoles para dar testimonio de Cristo y anunciar la Buena Noticia de su salvación.
 
El Espíritu es también como el aliento suave de Cristo que capacita para sanar, reconciliar, perdonar (Juan 20,19-23). Sólo con el Espíritu podemos reconocer a Cristo como Señor. El Espíritu reparte sus dones y carismas para el bien común, para reunir, como un solo cuerpo, en la Iglesia, a pueblos diversos (1Corintios 12,3-7.12-13).
 
El Espíritu desciende sobre jóvenes y ancianos y los hace capaces de profetizar, de ver visiones y soñar sueños (Joel 2,28-32). Es capaz de revivir los huesos secos (Ezequiel 37,3-14) y dotarlos de carne, unirlos en un cuerpo, por la profecía que es, ante todo, comunicar la Palabra de Dios, dejarle actuar entre nosotros con su fuerza transformadora.
 
Seguro que, en el contexto que vivimos, nos sentimos como huesos secos. Cuánto dominan imágenes de muerte, estos días, a nivel mundial, por todos los medios, cuánta inseguridad, incertidumbre, miedo... Y cuánto nos repliega todo esto, nos aísla y entristece, hasta nos mata la carencia de afecto… Seguimos al Dios de la vida, con su Espíritu, genera vida y reanima, incluso en medio de la muerte.
 
Nos dice el Papa Francisco en Un plan para resucitar: La Pascua nos invita a hacer memoria de esa otra presencia…  capaz de hacer latir la vida nueva... Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad… Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar, junto a otros, las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar... Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).
 
Acoger, entonces, en Pentecostés, al Espíritu, para animarnos a una nueva imaginación de lo posible… ¿Cómo hacernos dóciles y disponibles a su acción?
 
  • Abiertos al Espíritu, que es el Amor del Padre y del Hijo, podemos reconocer el valor de la persona, de cada persona; sin importar su condición de raza, lengua, sexo, religión; tratarnos con la dignidad de hijos de Dios. Reconocernos y valorarnos en nuestra dimensión corporal, dignificar nuestro cuerpo, aceptarnos en nuestra condición sexuada. Cuidar nuestra salud, valorar la vida, toda vida en cualquiera de sus expresiones, y denunciar todo aquello que la amenaza. Rechazamos, así, el que Costa Rica haya firmado, el pasado 6 de mayo, una declaración para promover el aborto inducido bajo los eufemismos de derecho o salud reproductiva. El Espíritu nos sana, nos hace más humanos, más cercanos…
 
  • Abiertos al Espíritu, somos capaces de generar comunión, de promover la cultura del encuentro. Con Él es posible aceptarnos con nuestras diferencias; vencer fanatismos, sectarismos, individualismos, que producen discriminación y exclusión, confrontación, violencia… Para generar procesos de encuentro y gestos de paz. Generar comunión desde la base, en las familias, valorándolas como ámbito de amor, de humanización, de crecimiento, de construcción y regeneración social. Generar comunión buscando la unidad de todas las iglesias cristianas e incluso un diálogo fecundo con las diversas religiones. El Espíritu une lo diverso, armoniza desigualdades, congrega, hace posible el milagro de la unidad
 
  • Abiertos al Espíritu podemos comprometernos en hacer brotar y difundir la solidaridad que nos acoge y cobija a todos. Generar redes de cuidado y compartir para que nadie se quede desprotegido de las necesidades básicas para vivir dignamente; fomentar el trabajo solidario, el asociacionismo y cooperativismo; instar a nuestros gobernantes a generar una nueva dinámica económica que piense todo desde los pobres, los últimos, a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo un reparto equitativo de bienes. Más que estrechar las brechas sociales, parece que se agrandan, aumentando con ello el descarte de personas. Poco se ha previsto en esta pandemia para las personas de calle, para los que están en la economía informal. Es una ironía para ellos el “quédate en casa”.  El Espíritu sensibiliza, solidariza, suscita compasión activa
 
  • Abiertos al Espíritu podemos sentirnos en hermandad con todo lo creado, llamar hermanas a todas las criaturas como hacía San Francisco de Asís, porque todo ha brotado de las manos amorosas de Dios, del soplo de su Espíritu y conserva la belleza de su Creador. Qué bella se ha mostrado la naturaleza en este tiempo de pandemia en el que la hemos dejado reposar, cuánto nos afea eso la poca consideración que hemos tenido con ella anteriormente, cuánto nos mueve a gestar opciones para cuidar y, diríamos, salvar la casa común, como nos dice el Papa Francisco en Laudato Sí, a los cinco años de su publicación. La humanidad no tiene posesión común más preciada que la Tierra. Debe ser tomada en cuenta para un modelo adecuado y sustentable de desarrollo, porque, en ello, se juega nuestra supervivencia. El Espíritu suscita belleza, frescura, exuberancia
 
  • Abiertos al Espíritu tenemos en nosotros la Vida de Dios. Hemos sido pensados y creados para ello y no podemos conformarnos con menos. Nunca nos miraremos tan grandes, ni estaremos más unidos, ni seremos más solidarios que cuando lo hagamos abiertos a Dios, a su Espíritu. Esa es la acción del Espíritu, la espiritualidad, que, lejos de evadirnos, nos encarna y nos compromete con la realidad, da respuesta a la urgente necesidad de sentido. Somos seres espirituales, desde nuestro fondo vital, donde se elaboran los grandes sueños, se hacen las preguntas últimas sobre el significado de nuestra vida, se imagina otro mundo posible, escenario del Reinado de Dios. Por eso, ante la desescalada de la pandemia, no es bueno dar la impresión de que los aspectos recreacional y económico sean los criterios preponderantes para la apertura, que lo religioso “va después”, y es algo de lo que se puede prescindir. No limitemos tanto las necesidades espirituales porque son las que más confortan y fortalecen en esta situación. El Espíritu suscita en nosotros verdad, bondad, libertad, justicia, amor…
 
El Espíritu nos ofrece una oportunidad para imaginar un futuro mejor, construir un proyecto humano diferente, apelando a la conciencia personal y colectiva. Vence nuestra tendencia a la indiferencia y a la evasión, nos permite iluminar lo que llaman “nueva normalidad” haciendo que sea, una “nueva responsabilidad”, y que impregne nuestra vida, más allá de emociones pasajeras.
 
Con una fábula, quizá, comprendamos mejor: “Un campesino decidió vender su finca. Pidió el favor a un poeta de elaborar el anuncio de venta. El anuncio decía: vendo un pedacito de cielo adornado con bellas flores y verdes árboles, hermosos prados y un cristalino rio con el agua más pura que jamás hayan visto. Después de un tiempo, al ver que el campesino seguía en su finca, el poeta le cuestionó y le respondió el campesino: Después de leer el anuncio que me hizo comprendí que tenía el lugar más maravilloso de la tierra”. Esa es la nueva visión que suscita el Espíritu en nosotros, que nos permite mirarnos y mirar todo a la medida de Dios, iluminar la existencia según sus designios amorosos.
 
En el contexto del Centenario de nuestra Diócesis, celebramos Pentecostés a nivel diocesano, uniéndonos todas las parroquias en la transmisión de la Santa Misa desde nuestra Catedral. Incorporamos signos de comunión: un video que refleja al pueblo de Dios en camino; un cartel que identifica a cada comunidad parroquial; y un árbol que plantaremos en cada parroquia, signo de la vitalidad del Espíritu, que sea recuerdo del centenario y signo de esperanza a la salida de esta pandemia.
 
La efusión del Espíritu en este Pentecostés sea para nosotros fuerza vivificadora y reanimadora, generadora de comunión en el contexto ya casi centenario de nuestra amada Diócesis, aliento de vida y esperanza en esta situación de crisis. María, que permaneció en oración con los apóstoles, en la espera del Espíritu Santo, sea nuestra intercesora.
 
Fraternalmente:

Mons. Bartolomé Buigues Oller, TC
Obispo Diocesano
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